Llevaba un tiempo queriendo hacer esta sección. Y es que, mal que le pese al escritor vago e iluminado, a escribir se aprende leyendo. Esto que suena a rancio tópico trillado es una verdad del tamaño de Santa Sofía de Constantinopla.

Cuando leo una historia que me resulta estimulante, tiendo a fijarme en los detalles. Cada obra y cada autor pueden enseñarte algo sobre escritura, si prestas atención. Así he ido recabando información, de diferentes obras, que yo creo valiosa para mi propio proceso creativo.

Hace poco terminé de leer esta novela: El jardinero del escritor cartagenero Alejandro Hermosilla. La lectura de este libro es incómoda, ya lo aviso. No es fast literature (de hecho, aunque pueda parecer una lectura ágil, la alternancia de ideas entre párrafo y párrafo te obliga a detenerte a saborearlos). El jardinero no es para todos los paladares. Es delirante, procaz y escatológica. A veces sabe a mierda fresca, otras veces a sangre, otras a tierra o a metal. Hay que reconocerle al autor la audacia de haberse metido en un jardín (inevitable metáfora, me venía rodada) y haber salido bastante airoso. Porque El jardinero casi parece un ejercicio de estilo que le ha salido bien a Hermosilla. Porque, pese al caos de ideas que se mantienen en el aire a lo largo de la historia y pese a lo abyecto de la voz de su narrador, uno no puede dejar de pasar páginas y de “subir y bajar, subir y bajar, subir y bajar”de uno a otro recoveco de la mente del conde.

Yo venía de leer Martillo, la opera prima de este autor, con lo que podía imaginarme más o menos lo que me podría encontrar en éste.

Pero si hay un aspecto que, en mi opinión, queda más patente en El jardinero que en Martillo es esa revisión acerca de los bajos instintos, de las depravaciones que cohabitan con nosotros en lo más profundo de nuestra psique, acerca, en definitiva, del Mal con mayúsculas. Un concepto tan ligado al ser humano que, expuesto así, inspira verdadero temor.

Así que, sí, baja las persianas porque en este post, voy a hablar de terror.

Si pensabas que no había nada más creepy que un espantapájaros, échale un vistazo a El jardinero.

El terror en El jardinero: Un narrador perturbado y perturbador

El primer acierto, lo primero que reseño en mi libreta es algo que tienen en común El jardinero con algunas de las historias más memorables del género (desde Poe, a Lovecraft, pasando por Robert Chambers): La historia que se nos cuenta llega a nosotros a través de un narrador perturbado.

Desde el momento en que concluye el paisaje onírico que abre el libro, asistimos al caótico y descarnado flujo de conciencia del personaje del Conde.

No se nos aclara demasiado el contexto, ni la época, ni el lugar (se trata, como ha aclarado el propio autor, de una Edad Media ucrónica y atemporal), pero a la historia no le hace ninguna falta para lograr meterte de lleno en su atmósfera.

Desde la óptica de este narrador hay un foco principal, fijo y obsesivo, en torno al cual parecen girar y ser tomados en cuenta el resto de acontecimientos y personajes secundarios de esta historia: el jardinero del castillo.

El jardinero es una representación de todo lo que el protagonista odia, en los demás y en sí mismo. Uno tiene, al principio, la tentación de situarse del lado del conde. El primer esbozo que el narrador hace del jardinero lo perfila como un ser vil y despreciable, pero después… uno sigue leyendo y descubre que la verdadera personificación del Mal en esta novela no es otra que la que encarna el propio narrador.

El horror, el verdadero horror es lo que pasa en la mente de quien nos cuenta la historia.

Este tipo de narradores no son nuevos. Me vienen a la memoria casos parecidos (La naranja mecánica, Siempre hemos vivido en el castillo, Escupiré sobre vuestra tumba, American psycho…) en los que un narrador psicópata nos narra desde tan cerca que, en principio no reconocemos el peligro, logrando ganarse la simpatía del lector, hasta que empieza a revelarse la verdad… y comienza nuestro propio conflicto interno.

¿Por qué inspira terror el narrador de El jardinero?

Cuanto más escuchamos la voz del conde, más crece nuestro interés por saber hasta dónde será capaz de llegar. Nos tememos lo peor. El terror en El jardinero viene de que nos lleven de la mano hasta una situación en la que no queremos estar. El lector es el confesor del conde, casi se diría que su cómplice. El terror, insisto, es generado por medio de las expectativas que crea el propio narrador. Aquí no hay sustos. Sabemos lo que ocurrirá porque casi nos lo viene advirtiendo a lo largo de la obra. El horror se alcanza cuando lo esperado se cumple y nos deja asistir a sus actos perversos.

Otro punto fuerte de este personaje es el contraste que se da en su personalidad. El contraste es un must en la ficción, materia de primero de diseño de personajes: No existe tal cosa como los “buenos” o los “malos”, existimos nosotros, los seres humanos, tan maravillosos como despreciables. Movidos por una moral propia, sea la que sea. Y esto es lo que convierte al conde en un personaje inquietante y complejo: que tiene una moral. Extraña, retorcida, pero una moral al fin y al cabo. Una moral de tintes religiosos, construida a base de protocolos, de normas y de estamentos. Cree en un orden, pero él en sí es un creador de caos. Y eso no hace más que acentuar su parte depravada. Estos son los peores monstruos. Los que tienen unos principios férreos y, sin embargo, son capaces de cosas que la mayoría ni se plantearía.

Por otro lado destaca el ritmo de la narración, obsesivo, que va de acelerado a frenético, plagado de estribillos y de ideas que se contraponen. Ideas que requieren que uno se detenga a contemplarlas. Así, uno llega a tener la sensación de estar lididando con un esquizo. No hay red de seguridad, ni una trama fiable de los acontecimientos, sólo un deseo ferviente de que cada capítulo llegue al punto y final, donde se resuelve al fin la situación que hay en juego.

En definitiva, El jardinero me ha recordado que trabajar bien la voz del narrador en el terror es algo más que necesario y que el horror, envuelto en una supuesta virtud, resulta aún más horroroso, si cabe.

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