Cómo empezar una historia: la dichosa primera frase

Supongo que ya eres consciente de que lo primero que digas importa.

Hace tiempo escuché en alguna parte que el arte de escribir es el arte de seducir. Usamos el lenguaje para crear interés en el otro, para generar intriga, para crear expectativas, sueños, finales posibles. Ésa es la maestría del oficio que manejamos.

Como contadores de historias, cualquier guionista, escritor o monologuista, querrá captar la atención del público desde el principio y conducirlo hasta el final, sin sobresaltos, a través del sueño de la ficción, que diría John Gardner.

La analogía de la seducción me pareció, en su momento, bastante acertada: Imagina que estás en cualquier tipo de contexto social (nos vale un bar, pero también nos vale una reunión de Alcohólicos Anónimos) y ves a un chico o a una chica que te gusta. Bien. De acuerdo. Quieres acercarte y decir algo que capte su atención. Tienes varias opciones: Puedes soltarle algo manido, puedes decir una obviedad, puedes aburrirle con temas que no vienen al caso o puedes generarle interés y tratar de descolocarlo/a.

Volvamos a la ficción, esto no es un taller de ligue, venga.

Esa primera frase que rompe el hielo entre tú y tu público es lo que en términos narrativos se conoce como íncipit (aunque el íncipit, en origen, era el protocolo para encabezar las bulas y decretos reales).

Supone la puesta en escena de la historia. Define el tono. Define quién, dónde y cuándo. Determina la tensión narrativa entre lo que se acaba de decir y todo lo que se podrá narrar en potencia. De algún modo acota, delimita, asienta las bases del juego narrativo.

En una novela será la frase que inicia la narración. En una obra de teatro, la acción que irrumpe al principio de la primera escena, el primer diálogo (¡Cuán gritan esos malditos!). En una película, será la secuencia de apertura. Pero en todos los casos, debería ser un gancho para la atención del público.

En los talleres de escritura me gusta sugerir (aunque no sea del todo idea mía) que debe ser un “gancho” en el sentido pugilístico de la palabra. Es un golpe que das teniendo bien cerca a tu oponente (¿qué hay más cercano que el inicio, donde tienes toda la atención del lector?). Un golpe que debe ser clave, teniendo tan poco espacio para maniobrar.

Como ejemplo, un clásico, de los que no suelen faltar en ningún top:

“Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto” (La metamorfosis)

Uno de los íncipits más inquietantes de la literatura. Kafka jugó al simbolismo. A convertir literalmente en insecto a su alter ego literario. Y hace que surjan las preguntas: ¿A cuento de qué esta metamorfosis? ¿Cómo se levanta uno convertido en insecto? Y sobre todo: ¿Qué quiere decirnos Kafka con lo de que uno se despierte convertido en insecto?

“La muy puta conducía a toda velocidad” (Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce)

Esta novela de Roberto Bolaño y Antoni García Porta se abre in media res y no puede ser más dinámica. Te imaginas en el coche, pegado al asiento. Tal vez sientas cómo derrapa. El rugido del motor.  No sabes quién es ella (ni quién es él). No sabes aún por qué conduce tan deprisa. Pero empiezas a hacerte una idea del tipo de relación que mantienen el narrador y el personaje del que habla. También te haces una idea del carácter y del ánimo de ambos.

Uno que suelo poner de ejemplo porque me gusta especialmente es el de Click de Javier Moreno:

             “Pueden llamarme Quisque. Quisque Serezádez. Una manera cualquiera de llamar a cualquiera”

Me gusta porque casi parece evocar ese otro top de los incipits literarios que es el “Llamadme Ismael” del Moby Dick de Melville y, al mismo tiempo, nombrar Quisque Serezádez a tu narrador y protagonista es una perfecta declaración de intenciones.

             “-¿Y ahora qué pasa, eh? Estábamos yo, Alex, y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo, que realmente era lerdo, sentados en el bar lácteo Korova, exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco.” (La naranja mecánica)

Anthony Burgess nos regaló todo un mecanismo de arranque que funciona a la perfección. Apela directamente al lector. Usa un tono coloquial que resulta cercano. Esboza bastante bien la voz del narrador y su posterior filosofía  y entremezcla palabrejas en lenguaje nadsat, inventado por Burgess a partir de lenguas eslavas, latín y cockney.

Representación de lo que debería hacer una buena primera frase con el lector…

               “Empezó por un error” (Cartero)

La opera prima del viejo Charles ‘Hank’ Bukowski es somera y concisa. Aparentemente simple. Hasta que sigues leyendo y descubres que en la vida y obras de su alter ego, Chinaski, todo parece empezar por error y la forma de contárnoslo por parte del cartero metido a escritor es tan somera y concisa que deviene irremediablemente en patetismo y agridulce ironía.

“Estábamos en algún lugar de Barstow, muy cerca del desierto, cuando empezaron a hacer efecto las drogas” (Miedo y asco en Las Vegas)

A éste le tengo cariño, no sé, por memorable. Y por el dinamismo de su planteamiento y por las preguntas que genera. ¿Qué hacían en el desierto? Y, por el amor de dios, ¿qué drogas? ¿Qué hace el narrador conduciendo drogado, dirigiéndose al desierto? Acaba de empezar y ya casi se masca la tragedia.

Si te fijas, hay una cualidad que comparten todos estos principios: nos ofrecen la información justa para causarnos interés. No nos cuentan qué ocurre realmente. Al contrario, prometen contarnos el resto si seguimos leyendo. Cautivan. Y no resultan obvios, ni aburridos, ni abruman con detalles innecesarios. Te golpean para sacarte de tu cotidianidad.

Al mismo tiempo, contienen la semilla de un conflicto latente en nuestros personajes: El narrador de Melville o el de Javier Moreno puede que no quiera darnos su verdadero nombre para contarnos lo que desea contar, Gregorio Samsa habrá de lidiar con el hecho de ser un insecto en casa de sus padres, el protagonista de los Consejos tiene problemas y uno de ellos está sentado a su lado en el coche, y el alter ego de Hunter Thompson habrá de enfrentarse a situaciones más o menos comprometidas, puesto hasta las cejas y con su inseparable abogado samoano al lado.

La primera frase, la frase gancho, no es algo que debas decidir al empezar a escribir, puede que sea hasta lo último que escribas, una vez que sabes de qué va el resto de tu historia. Pero no la desprecies. Piensa que hay mucho que leer y muy poco tiempo.

Más te vale aprovechar bien esa bala.


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